La Cuaresma ¿tiempo de dolor?

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La Cuaresma es por excelencia un tiempo penitencial, donde parece que nos centremos en los momentos de dolor de Jesús y María. Celebramos Vía Crucis, procesiones del Silencio, de Viernes Santo… y nos olvidamos que después de estos cuarenta días llega la Pascua, la verdadera razón de nuestra fe.

En este tiempo de pandemia mundial por el Covid-19 el dolor está muy presente en nuestras vidas, tanto que muchas veces hasta lo relativizamos.

Dolor por no poder tocarnos, abrazarnos, comer juntos, poder visitar a nuestros seres queridos, no poder viajar, por no poder quedar para hablar, para llorar, para reír, para celebrar… por no poder ver nuestra sonrisa debajo de esa mascarilla que se ha vuelto indispensable.

Dolor en las residencias de ancianos, en las cárceles, en las casas de personas ancianas o en riesgo… por no poder recibir visitas, por no poder salir de la habitación, la celda, la casa… por no poder ver de cerca a los suyos.

Dolor en los hospitales… ante tanta gente enferma, no sólo de Covid-19, que sufre aún más las consecuencias de estar enfermo. Días en soledad, en la UCI… lejos de sus hogares, pensando que igual es el último día que despiertan con vida. Dolor en los sanitarios, desbordados muchas veces y arriesgando su propia vida, que ven cómo no paran de llegar enfermos, que luchan para dar vida, mientras otros niegan la pandemia, se reúnen sin protección, celebran fiestas… Dolor cuando «consummatum est» y ya no hay nada que hacer por la vida y llega la muerte del enfermo.

Dolor en los tanatorios y cementerios. Cuando lo único que recibes, son unas cenizas, o con suerte, un ataúd cerrado en el que reposan los restos de tu ser querido. Del que no has podido despedirte, decirle «adiós, hasta el cielo» Dolor ante la soledad de no poder recibir ese consuelo, ese abrazo, ese ánimo, esa esperanza… por que todo tiene que realizarse en la intimidad, rápido y cuanto antes. Por que ayer hablabas con él y hoy ya no está.

Y podríamos seguir, por que en nuestro mundo hay mucho dolor, ¡demasiado!, diría yo. Pero ante tanto dolor, ante tanto sufrimiento nuestra fe nos debe confortar, que no es lo mismo que conformar.

Ante tanto dolor y sufrimiento muchos podrán seguir preguntándose ¿dónde está Dios? ¿Es qué Dios pasa de nosotros? ¿Por qué permite tanto dolor? Si Dios es tan bueno ¿por qué nos sucede esto? ¿por qué permite que este virus ataque mortalmente a los más débiles?

Son preguntas humanas, que todos tenemos derecho a hacerlas y que muchas veces la respuesta no convence, sobre todo a los que no viven una fe verdadera de encuentro personal con el Señor.

Leemos en la Sagrada Escritura que Dios está siempre a nuestro lado, que Dios se hizo cercano con el pueblo de Israel y que prometió que nunca nos iba a dejar solos. La alianza que hizo Dios con Abraham, sigue siendo hoy actual. Fue una eterna y universal, y que pase lo que pase, el Señor no la va a romper.

Recordemos siempre esto: ¡Dios nunca nos abandona! ¡Dios nunca nos deja solos! Dios está con nosotros en las buenas y en las malas. Dios nos ama con locura y nunca se olvidará de nosotros ni de nuestros seres queridos.

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Pero muchas veces, nos parece que Dios no está, que Dios nos ha abandonado y que Dios pasa de nosotros. En esas situaciones, recordemos todos esos momentos en los que hemos sentido la presencia de Dios en nuestras vidas. Momentos de «transfiguración» en los que hemos dicho: «que bien se está aquí Señor».

Nunca olvidemos que nuestra fe está basada en las enseñanzas de Jesús y en nuestra íntima unión con Él. Y Jesús anuncia a un Dios bueno, un Dios que es misericordia, un Dios que se hace tan cercano, que es capaz de dar la vida para demostrarlo. Sus palabras y su testimonio tienen tanta fuerza, que será crucificado por ellas.

Todos nosotros sabemos que Cristo es el Hijo de Dios, lo amamos y depositamos toda nuestra confianza en Él y en sus promesas.

Y así lo hizo María, que permaneció fiel y cercana a su Hijo, hasta en el momento de su muerte en la Cruz.

María no se aparta de su hijo en ningún momento. Vemos a María incluso en el momento más difícil que tuvo que soportar, ver morir injustamente a su Hijo en la Cruz.

María, es salpicada, es redimida, con la propia sangre de su Hijo. Y recibe el cuerpo ensangrentado, destrozado y desfigurado de su Hijo. Seguramente el momento más doloroso para una Madre.

Es, en este momento, donde María tiene que ser más fuerte y confiar en todas las palabras que ha escuchado por boca de su Hijo. Pero como Madre, ha perdido lo que más quería en este mundo. Ha perdido lo que más ha amado y por el que lo ha dado todo.

Hoy, esta escena se ha vuelto actual. Tan actual, que muchos se han vuelto insensibles al dolor. Ya no nos asustan las cifras de muertos que nos dan cada día, parece que nos hemos acostumbrado, parece como si cada difunto, cada familia rota por el dolor, se hubiera convertido en un número de una lista que no tiene fin; en algo normal, en algo ajeno que no va conmigo.

Casi como el dolor que sentimos por los que mueren en las guerras, de hambre, asesinados, en la soledad…

Que esta Cuaresma, nos sirva, sobre todo, para que no nos olvidemos que el dolor es humano, y no sentirlo nos hace inhumanos. Y sobre todo que la Vida, vence a la muerte. Que nuestro Dios es un Dios de vivos y no de muertos.

Fray Cristian Peña Molina, O. de M.

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